El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, el bombardero estadounidense Enola Gay lanzó la primera bomba atómica de la historia sobre una ciudad. El objetivo era Hiroshima, una ciudad industrial y militar clave para el Imperio japonés. La bomba, apodada Little Boy, tenía una potencia equivalente a 15.000 toneladas de TNT y explotó a 600 metros del suelo, desatando un infierno. En cuestión de segundos, Hiroshima quedó arrasada. Murieron 70.000 personas al instante y más de 140.000 en los meses siguientes por quemaduras, heridas, enfermedades y radiación. El calor fue tan intenso que desintegró cuerpos, fundió acero y dibujó sombras humanas sobre las paredes. Tres días después, el 9 de agosto, Estados Unidos lanzó una segunda bomba —Fat Man— sobre Nagasaki, provocando otros 70.000 muertos. El 15 de agosto, Japón se rindió y terminó la Segunda Guerra Mundial. La decisión de lanzar las bombas fue tomada por el presidente Harry Truman con el objetivo de forzar una rendición rápida y evitar una invasión terrestre. Pero el impacto ético y humano sigue generando debate hasta hoy.